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El café:

o el breve alegato a favor de una zona sin deportes. Por Franzobel

 © Österreich Werbung/Viennaslide
No es que no me guste el deporte, pero en ocasiones, cuando el mundo sólo se compone de gente que practica el footing y el esquí, se apuran para ir por la tarde al gimnasio, los ciclistas pedalean por las calles y hay gente por todas partes con pesas y extensores, incluso a mí me resulta demasiado. La mitad de los canales de televisión retransmite deportes, en el quiosco, en pantallas gigantes, deporte, hay deporte en todas partes. El deporte está tan omnipresente que incluso provoca alergias en algunas personas, eccemas deportivos, erupciones cutáneas deportivas. Incluso puede que haya que empezar a considerar el introducir una zona sin deportes, por motivos psicohigiénicos.

Igual que ahora existen cuartuchos pequeños y llenos de humo para fumadores, zonas verdes donde no pueden jugar los niños, compartimentos de descanso en los trenes o césped sólo para perros, seguramente habrá lugares sin deporte, lugares donde no haya tablas y resultados, sin ganadores ni perdedores. Pero, ¿qué se hará allí? Simplemente pasar el tiempo no tiene mucho sentido. Pero después se me ocurrió que ya hay una zona sin deporte, por lo menos en Viena: ¡los cafés!

Los cafés vieneses, donde los periódicos no se destrozan con las típicas pinzas, sino que se les pone un esqueleto de caña doblada. Donde uno se hunde en sillones desgastados en medio de extraños biotopos de nostalgia y monarquía. Donde se pide un kleinen schwarzen, o café solo, como se sigue pidiendo aquí el espresso ignorando lo políticamente correcto. Donde uno puede estar sentado eternamente, o por lo menos hasta la hora de cerrar, porque el camarero no incita a consumir más tras el primer pedido. Los cafés vieneses son el último refugio a salvo del deporte. Uno se siente envuelto por una fina piel de huevo, inundado por una luz de color papilla, en medio de una salsa compuesta por todo tipo de abstrusos, a menudo grotescos, modelos de explicación del mundo. Aquí no se puede hablar demasiado alto, pero tampoco demasiado bajo, toda risa histérica se verá fulminada con las miradas. En su lugar se celebra cada pedido, cada vuelta de hoja de un periódico como si fuese un acto de estado. La vitrina de los dulces contiene trozos de tarta Esterhazy, punschkrapfen, o bollos de ponche, y strudel de manzana.

Pero no importa lo que se pida, ya sea una sopa de gulasch o salchichas, el camarero siempre pregunta: “¿Con nata?”, y con ello se refiere a la nata montada, a la bomba de calorías, a la que se renuncia cada vez más desde que comenzase esta era tan deportiva. Si es un verdadero café vienés, tendrá también un cuarto trasero con varias mesas  equeñas donde señoras mayores llamadas Mizzi, Milli y Fanny juegan al tarot. Schnapsen, otro juego de cartas que requiere más osadía pero es más sencillo, no es tan popular en los cafés vieneses, es más, si alguien juega, está considerado de mal gusto. De acuerdo con unos planes difíciles de discernir pero evidentes para los participantes, las mesas con los tapices verdes de jugar a las cartas se convierten por la tarde en tableros de ajedrez y de las Mizzis, Millis y Fannys salen, o al menos eso parece, jugadores de ajedrez.

Más tarde, ellos también pasan a encarnar otros personajes. Es cuando la noche se dedica totalmente al billar. Es cierto que este también puede ser un deporte, pero en los cafés vieneses no se practica de ese modo. En los cafés vieneses el deporte no tiene valor, no se habla sobre él, no surge en las conversaciones. Algunas veces viene muy bien, otras veces incluso muy bien. En los cafés vieneses uno siente que no pasa el tiempo, que uno se aparta del presente. Es un poco como en una película de Hans Moser, cuando en las calles sólo había fiaker, coches de caballos, y farolas de gas. Los cafés vieneses son el último refugio a salvo del agitado ritmo de este mundo. Qué bien que aún existan.